Durante décadas, el Experimento de la Prisión de Stanford fue utilizado para explicar una idea inquietante: personas aparentemente normales pueden convertirse en abusadores cuando reciben poder y determinadas condiciones se los permiten.
El problema es que hoy existe una fuerte discusión sobre si aquel estudio realmente demostró eso.
Philip Zimbardo reunió en 1971 a 24 estudiantes universitarios y los dividió aleatoriamente entre guardias y prisioneros dentro de una cárcel simulada en Stanford.
El comportamiento de algunos guardias se volvió abusivo y el experimento terminó después de seis días.
Pero años después, grabaciones, entrevistas y documentos del estudio comenzaron a cuestionar la narrativa original.
El historiador francés Thibault Le Texier reconstruyó el experimento mediante archivos de Stanford y concluyó que los investigadores influyeron directamente en la manera en que debían comportarse los guardias.
Incluso algunos participantes han descrito posteriormente sus actuaciones como una interpretación de lo que creían que los investigadores esperaban de ellos.
Zimbardo rechazó esas críticas y defendió durante años las conclusiones de su trabajo.
La discusión cambió así el significado de uno de los experimentos psicológicos más famosos del siglo XX.
Más que demostrar definitivamente que cualquier persona puede transformarse en alguien cruel cuando recibe poder, el caso de Stanford terminó convirtiéndose también en una advertencia sobre cómo un investigador puede influir en aquello que pretende estudiar.















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